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sábado, 27 de febrero de 2010

Éxito


Siempre he pensado que lo más difícil en la vida era encajar los fracasos, vivir deseando, lamentando, sobreviviendo. Pero ahora lo veo de otro modo. Da la impresión de que estuviéramos programados para el anhelo, para desear sin descanso. Toda la vida luchando por ese coche más grande, la casa con más espacio o con jardín, una subidita más de salario porque lo necesitamos… En realidad, si hubiéramos hecho una lista de las cosas que creíamos indispensables para nuestra felicidad hace 20 años, seguramente no aparecerían muchas de las cosas imprescindibles hoy.

Y luego ocurre que cuando conseguimos algo que hemos deseado con mucha intensidad o durante mucho tiempo, su consecución, más que alegría, nos deja un inexplicable agujero en la mitad del alma. De repente tenemos un montón de energía, la que generábamos para perseguir nuestro deseo, sin un objetivo, sin trabajo que hacer: en el paro.

Encajar el éxito es muy difícil. Es como la amistad, todo el mundo tendrá un poco de lástima para ti si las cosas te van mal, pero sólo los amigos sabrán acompañarte en tu éxito. Todo parece al revés ¿verdad?

Pero no, todo está perfecto así.

¿Qué pasaría si llegar fuera el final del camino? Imaginaos, vegetaríamos felices tras cualquiera de los éxitos de nuestra vida: aprender a montar en bici, entrar en el equipo de natación, dormir sin luz… Nadie habría llegado a tener una medalla olímpica, no habríamos construido satélites, ni pintado la Capilla Sixtina, no sabríamos meditar, ni el nombre de las estrellas.

Cada éxito es sólo un escalón más. Quizá si lo vemos así, disfrutaremos más persiguiendo cosas que deseamos, y nos angustiaremos menos cuando las tengamos.


martes, 18 de agosto de 2009

Mi verano


En general me gusta todo el verano, pero dentro de eso me siento especialmente bien cuando hace más calor. Este verano sí ha sido de verdad, el clásico madrileño de no poder estar por la calle a las cinco de la tarde, de haber más silencio en la sobremesa que por la noche, el de 35 grados y sin clemencia.

La verdad es que no sé explicar por qué me gusta el calor, pero sí puedo describir cómo me siento. Cuando suena el despertador por la mañana y miro el cielo azul totalmente despejado, me siento como si me hubiera tocado un premio. Me quedo unos minutos en la cama mientras me vuelve la temperatura (me despierto con frío y arropada, en serio), el aire huele templado, calmado, sé que puedo ir hasta el baño sin ponerme una bata a toda prisa, puedo ducharme sin tiritar al salir, puedo ponerme un simple vestido, sin medias, sin camiseta, sin calcetines, y salir a la calle sin parecer una cebolla. Cuando salgo del trabajo al calor de las tres de la tarde, voy a casa, me preparo la mesa en la terraza, y como mientras disfruto de la intensidad de colores que me proporciona el sol de verano. Hago cosas por casa, o voy a comprar o lo que sea. El día dura casi hasta las diez de la noche, el sol está conmigo todas esas horas, y eso me hace feliz sin que sepa exactamente por qué. Me paso la mayor parte del día sonriendo, sólo porque noto el calor en mi piel. Es algo muy especial.

Por eso no quiero irme de vacaciones en agosto ¿Y perderme Madrid desierto? ¿Perderme mi momento de mayor disfrute? Es algo que no se elige, como cualquier otro gusto, ¿o es que alguien decidió que le guste más el azul que el naranja? Te gusta y punto. Y por eso también entiendo que mi gusto por el verano madrileño sea algo que disfruto en soledad, aún no he encontrado a nadie que le guste así, y no le puedo pedir a nadie que se “esfuerce” ¿no? Pero no está mal, no me molesta disfrutarlo sola. Julio y agosto son mis meses mágicos, sólo míos, como un secreto dulce, un periodo corto que, en particular este año, estoy paladeando como nunca.

Pasado agosto tengo que hacer un esfuerzo increíble en mentalizarme para el frío, porque aunque nadie se lo crea del todo, yo paso frío de octubre a mayo sin que hasta ahora haya encontrado la manera de quitármelo. Me concentraré en que es necesario que el invierno sea lo más invierno posible, para que el próximo verano vuelva a ser uno de verdad, de los míos. Y así renaceré el 1 de julio, para beberme las catorce horas diarias de sol, de color y de calor.

miércoles, 22 de julio de 2009

Los cambios


Dijo Heráclito que lo único constante es el cambio, que me parece una verdad absoluta, pero también es cierto que hay cambios, y cambios. El de casa me parece uno de los más grandes.

Cuando cambias de casa, haces limpieza de todo: unas cosas se pierden en la mudanza, otras descubres que ya no te hacen falta, y algunas las quieres descartar de tu nueva vida.

Yo acabo de hacer mudanza, y como me gustan tanto los cambios, estoy disfrutando mucho de cada momento. Me falta el ropero, así que la mitad de mi ropa y zapatos están en maletas y bolsas; me faltan electrodomésticos, sillas, estanterías y cortinas. Da igual, ni lo noto, estoy tan contenta con haber dado un paso hacia delante, que no veo los inconvenientes, sé que los principios siempre son desbaratados. Me siento tan feliz con mi nueva casa, que paladeo cada momento que paso en ella: me gusta el olor a nuevo de la madera, el sonido de la noche cuando me acuesto, el color del amanecer desde mi cama.

Dentro de poco ya no estaré sola. Otro cambio, El Cambio, y lo estoy deseando. Una vez que tengo lo básico, me apetece ir amueblando mi casa y mi vida despacio, disfrutándolo, compartiéndolo, encontrando desencuentros, llenando vacíos. Viviendo.

Aún no tengo organizado nada, ni el espacio, ni mi tiempo, y eso siempre te da la oportunidad de hacer esa limpieza, tirar las costumbres que no te aportan nada, y comenzar con hábitos diferentes, ya que tienes esa excusa perfecta. Volveré a cocinar, a leer, a escuchar mis viejos discos y, quizá en unos meses, un perrillo. Ahora vivo cerca de donde trabajo y tengo tiempo para mí, para mis proyectos, tiempo para quedar con amigos, para hacer ejercicio, tiempo para perderlo si quiero. Y eso para mi es como estar de vacaciones.

De hecho, este año no he pedido días libres para irme de vacaciones, quizá me apetezca más adelante, porque ahora lo único que quiero es irme a casa.

viernes, 20 de marzo de 2009

A mis lectores


Hace casi dos años y medio que vengo dejando trocitos de mi alma en esta página, ya casi ni me acuerdo de lo que me llevó a empezar. La curiosidad, eso fue, saber qué se sentía ante la osadía de escribir a la vista de los demás.
Para mí significaba mucho, un esfuerzo de confianza en mí misma, que desde luego no estaba acostumbrada a hacer; pero salió bien, no todo lo que escribo es bueno, pero sí hay frases bien construidas que me hacen sentir genial.

Y luego empecé a recibir comentarios. Eso sí que fue increíble: alguien había leído lo que yo había escrito, y se estaba tomando la molestia de contestarme. Y me gusta, me da igual si piensa como yo o no, ahí está lo grande, dos personas anónimas que coinciden en un punto concreto, un momento aislado. A lo mejor no tenemos nada más en común, y por eso es tan especial.

Seguramente alguien se habrá preguntado por qué no he contestado a nadie ningún comentario, pues por eso, por no romper ese momento mágico.

Me gusta el anonimato que te da internet, me encanta. Hay mucha gente que cree que te da la posibilidad de esconderte; yo, en cambio, creo que es el marco perfecto para mostrarse, la más amplia expresión de la Libertad. No importa cómo te llamas, si eres de un barrio pijo o de uno marginal; si eres judío o budista; ni siquiera tiene importancia si eres hombre o mujer. En Internet eres las ideas que expresas en tu blog, el mensaje que se lee en el diseño de tu web, o las imágenes que dejas en myspace.

Y cuanto más me sumerjo en esa Libertad, más me impresiona, y quiero que el que entre a leerme, el que gaste unos minutos de su vida en leer algo que yo he escrito, disfrute de esa Libertad, y podrá comprobar que tanto si el comentario es a favor como en contra, jamás he intervenido, lo he aceptado con asombrada gratitud. Me gusta que sea así, yo escribo lo que siento, y el resto también.

Pero aún así siempre me he sentido algo culpable por no contestar, por no demostrar de alguna manera, que yo también he leído lo que han escrito, y que además me ha ayudado.

Y eso es lo que quiero decir hoy, que me siento honrada sólo con que leáis lo que escribo, y que agradezco enormemente recibir vuestros comentarios, los tengo todos guardados.

OXOX

miércoles, 14 de enero de 2009

Irene


Pone por ahí en una página web que Irene viene del griego y que significa paz, pero no lo tengo tan claro, porque esta Irene ha armado la revolución, y nos tiene a todos impacientes como niños la Noche de Reyes.

Para mi es una ilusión desconocida, desde el anuncio de su llegada a su nacimiento inminente, todos los momentos se han convertido en acontecimientos que me conmueven por dentro, desde los huesos hasta el vello de los brazos.

Alguien podrá extrañarse: no será hija mía, ni sobrina, ni nieta… Podría parecer exagerado mi sentimiento, pero me da igual. Irene es el fruto de un amor que he tenido la suerte de conocer desde sus comienzos, cómo se gestó, cómo creció y cómo ha culminado; Irene es la hija de dos de las personas que más aprecio. Irene es la guinda de un pastel.

Y hoy, día de intensa niebla, frío y húmedo, aún con restos de la nevada del viernes, hoy 14 de enero es cuando Irene ha decidido venir, para darle a este gris día de invierno el sol y el calor del mes de junio.

¡Bienvenida!