lunes, 18 de febrero de 2008

18 de febrero

Normalmente los que me rodean no lo entienden, se supone que el día de tu cumpleaños debe ser un día especial, pero el hecho es que para mi es como cualquier otro. Es algo inevitable, para mi un día no es especial porque esté marcado en rojo o porque haya nacido en él. Y no es porque me de rabia envejecer ni cosas así, es que racionalmente me analizo y no me siento diferente cuando me despierto en la mañana de mi cumpleaños. No me siento más mayor, ni más contenta por ser un día de celebración. Nada, todo igual que ayer.

Es en el pasar del día cuando vas viendo la diferencia, y es que tus compañeros, tu familia y amigos, todos te llaman y felicitan. La verdad es que al principio no sabes qué decir, aparte de gracias, porque realmente no crees haber mejorado el mundo con tu nacimiento, pero el caso es que a ellos se los ve y oye realmente contentos. Y así va cambiando el día, a golpe de teléfono, de beso y de tirón de orejas.

Al final del día te das cuenta de que sí, ha sido un día muy especial, y no porque hayas nacido tú hace no sé cuanto, sino porque un montón de personas te han demostrado que están ahí para ti, que se han acordado de ti, que te desean sólo cosas buenas, que te echarían de menos si no cumplieras más años.

Así que ves que no tiene remedio, que aunque te pesen los años y te fastidie el lento caer de los números, merece la pena cumplirlos, porque tienes un montón de gente a tu alrededor que te quiere, que no te van a permitir poner morros porque te salgan arruguitas, y que te aguantan con tus pataletas y tu ceño fruncido.

De todo corazón os digo: Gracias. Habéis hecho bueno un lunes frío, húmedo y gris en que yo no quería afrontar que ya tengo 39 años. Y quiero seguir cumpliendo número tras número, porque me gusta compartirlo con vosotros, que sois lo que le da vida a cada año que cumplo.

Mil besos.

1 comentario:

Poudereux dijo...

Comparto todo este sentimiento. Me parece muy propio.
Un beso.