miércoles, 8 de abril de 2009

Educación


Desde hace algunos años, estamos teniendo serios problemas con la educación de nuestros jóvenes. Tanto es así que creo que debemos estar rozando el record de fracaso escolar en Europa, y eso que últimamente en los colegios e institutos, los exámenes son casi ridículamente sencillos, en un torpe intento para subir el porcentaje de aprobados. Sé que los chavales no están preocupados, y los padres sólo un poco, si los chicos son capaces de conseguir un trabajillo y ganar lo justo para sus gastos.

Qué lejos quedaron aquellos días en que sabías que como llevaras cates a casa, te quedabas sin salir el fin de semana como poco, después de aquellas charlas de tus padres del estilo “hija, tienes que esforzarte, no querrás ser un cero a la izquierda el día de mañana… la cultura te abrirá puertas… agradecerás en el futuro los sacrificios de estudiar ahora…”. Recuerdo que me parecía un tostón aguantar toda aquella bronca, no entendía esa obsesión por tener que aprender todas aquellas cosas que me parecían tan inútiles. En mi época de estudiante, la educación no era la mejor del mundo, pero podías salir de C.O.U. con una cultura bastante aceptable, o de F.P. directamente con una profesión, y casi con un trabajo. No era perfecto pero tenía mucha utilidad, nos parecía más aburrido que estar en el parque, pero entendíamos que era el sacrificio necesario para un bien futuro que nuestros padres y profesores nos prometían.

Hasta donde sé de cómo están las cosas ahora, los niños y jóvenes van a estudiar como el que cumple una condena, y exclusivamente porque la ley los obliga; aguantan el tirón haciendo lo mínimo indispensable hasta que llegue la edad legal en que puedan dejar de hacer lo poco que ya hacen en su día a día. Y los padres no quieren problemas, trabajan de sol a sol para sobrevivir, no ven a sus hijos más que al desayuno y la cena, y no van a ponerse a pegarles la charla en la media hora diaria que comparten. Así pasa que ahora los suspensos son culpa de los profesores, y el control de asistencia a clase es un tercer grado que invade la libertad de los chavales. Tengo una amiga profesora, y lo más triste que me ha contado, fue cómo unos alumnos que habían pasado el año recaudando dinero para el viaje de fin de curso, llegado el momento y por unanimidad, decidieron invertir el dinero conseguido en darse caprichos como tatuajes y piercing. Quiero que conste que me encantan los tatuajes y los piercing, y que yo tengo ambos. Lo que me resulta tan triste es pensar en que tienes 16 años, has hecho pocos viajes sin tus padres, tienes la oportunidad perfecta de irte sin ellos a un lugar nuevo para ti, y ver que a la postre, toda la curiosidad por el mundo se reduzca a taladrarse el ombligo.

Después de haber conseguido tantas cosas, tantos derechos y libertades, hemos venido a pifiarla en lo más importante: la educación de los jóvenes. El Estado no debería haber bajado el listón para aumentar los aprobados; los profesores no se deberían haber alegrado de tener menos exigencia; los padres deberían haber educado a sus hijos; y los jóvenes deberían salir a la calle a exigir su constitucional derecho a la educación, a una educación de calidad que les de alguna oportunidad en este futuro tan incierto.

Pero las cosas han salido de otra forma: Los políticos se han apuntado el tanto de “conmigo suspenden menos, ¡qué bueno que soy!”, los profesores han dejado de ser educadores para pasar a no ser nadie, los padres se han quedado convencidos de que les han hecho la vida más fácil a sus hijos, y los chicos se creen que les va a hacer mejor si exigen su derecho a hacer botellón.

Y ahora todo esto sólo parece triste, en diez años será dramático. Tendremos un país en que la mayoría de adultos entre 20 y 40 años estarán pegándose por encontrar un trabajo no cualificado, porque ninguno de ellos habrá llegado a hacer un módulo de FP, ni se habrá acercado a una universidad. Esos adultos que hoy están tan contentos por ganar 800 euros (que da para muchos botellones, pagar la letra del Ibiza, y comprarse uno chándal para salir), el día de mañana verán que no les llega para pagarse un alquiler, para irse de vacaciones, o alimentar a los churumbeles. Esos adultos verán cómo los 4 monos que sí que estudiaron, ganan un 300% más que ellos, y que viven mejor trabajando menos, y empezará el odio por la desigualdad, y otros tantos males de los muchos que arrastra la incultura.

Al Estado yo le pediría que cumpliera con su obligación, y diera una educación verdaderamente valiosa; a los profesores les recordaría que no tienen un trabajo, sino una responsabilidad inmensa; a los padres les haría ver que son ellos los que se han hecho la vida más fácil, saltándose la tediosa tarea de educar (educar de verdad), a cambio de convertir la de sus hijos en un asco.

Y a los chavales, qué les diría a ellos, pues intentaría que vieran que la formación es una cuchara, la cuchara con la que se pueden comer el mundo entero, es la vía para que cumplan sus sueños, para que no enseñen toda la creatividad que llevan dentro, para que mañana puedan elegir qué hacer o qué no.

Porque ¿Qué clase de vida es esa en la que no puedes elegir? ¿Eso no es como la esclavitud?

1 comentario:

kimura dijo...

Desde mi punto de vista la mayor parte de la culpa es de los politicos (de todos). Mis hijos tienen graduado escolar, yo estudios primarios y sé de Cultura Geneal,Historia, Geografia y Sociedad mucho más que ellos.