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domingo, 10 de octubre de 2010

Peta-Zeta


El otoño siempre me pilla a contrapié. Me paso medio mes de septiembre mentalizándome para la desaparición de los colores, del sol, de los olores de la brisa veraniega, y da igual que tome complejos vitamínicos, todo parece uniforme y sin personalidad, y no hay nada que me libre de la tristeza.

Y encima llega la lluvia, gris, opresiva e incómoda. La lluvia en la ciudad sólo es soportable si viene en tormentas, de esas con rayos y truenos, esas que las sientes retumbar en el estómago y te hacen sentir pequeñita. Cuando la lluvia es muy fuerte me siento bien, suena de una manera especial si salgo a la terraza, y disfruto de un concierto de percusión en la claraboya de la escalera, me puedo tirar las horas viendo llover así, es algo hipnótico.

Pero aún así es triste. Y lo será aún más en noviembre, cuando ya no haya hojas en los árboles, ni flores, ni color, ni calor; cuando todo parece aséptico, escuálido y neutro. Prefiero mil veces un invierno sin piedad que un otoño sin pasión.

Es la época en la que más vivo en el futuro, siempre animándome a esforzarme con la esperanza de que veré los frutos en la primavera. Transición, eso es lo que significa para mí, nunca espero ningún acontecimiento especial, no muestro interés por ninguna fecha, y eso que las hay y muy importantes. Es una actitud absolutamente borde y totalmente involuntaria la que me lleva a sentir ese vacío sin esperanza en otoño. Es tan absoluto como la alegría que me llena el cuerpo en verano, sin puntos medios.

Afortunadamente, el recuerdo de otros muchos otoños e inviernos me ha enseñado a esperar, a saber que esto pasará, que la vida vuelve, que la tierra renace y que yo volveré a sentir petas-zetas en el pecho a principios de junio.

sábado, 23 de mayo de 2009

Paraísos perdidos


Así es como llamo a esos lugares o momentos que a veces añoramos, que generalmente no sabemos identificar, y cuya ausencia y recuerdo nos producen una extraña sensación de tristeza y bienestar inexplicables. Hoy es uno de esos días.

Llueve. Normalmente la lluvia no me gusta, mejor dicho, no me gustan los días lluviosos porque no hay sol, hay que ir con paraguas, te manchas los pantalones, vamos, que los de lluvia son días incómodos. Pero la lluvia en sí me parece deliciosa, huele todo a limpio y nuevo, los colores contrastan fuertemente con el gris plomo del cielo, el suelo se llena de espejos improvisados, y los árboles parecen despedir alegría y vitalidad. Y también me recuerda a Ratingen. Me han hecho falta casi 30 años para darme cuenta de qué me traía a mí la lluvia: me trae mi niñez en aquel lugar apacible y bonito; el precioso parque al que iba, y que tenía los toboganes más grandes que había visto nunca; me trae a Bronco, el primer perro al que quise como a alguien de mi familia, infatigable y paciente amigo de juegos y trastadas.

La lluvia está, en mi caso, indiscutiblemente unida a una época en la que soy capaz de recordar más cosas buenas que malas, supongo que igual que le pasa a todo el mundo con sus seis o siete años. La lluvia me trae el recuerdo de la felicidad, tal y como se vive cuando eres niña.

También me acuerdo de cuando tenía unos diez u once años, y vivía ya en Móstoles. Aquí la lluvia no era tan habitual como en Ratingen, y recuerdo con mucho gusto cuando llovía, porque tenía unas Katiuskas feísimas, azules y amarillas, que me ponía y tenían la sorprendente capacidad de dejarme pisar y saltar sobre cualquier charco sin que se manchara la ropa. En el colegio se reían de mi porque eran muy feas, pero curiosamente, a mí no me importaban las burlas, sólo quería que sonara la campana para saltar sobre todos los charcos que hubiera hasta llegar a mi casa, colorada de tanto correr y con el pelo mojada. Era una sensación increíble, y los demás tenían que ir arrugados bajo sus paraguas, sin disfrutar, sólo preocupados por no mojase los pies o la ropa.

Por eso me pone triste, no sólo porque el pasado no vuelve, sino porque jamás volveré a sentir nada con la intensidad y la inocencia de mis siete años. Y por eso me pone contenta también, porque es una bendición poder tener recuerdos tan llenos y tan dulces. Ya no me vuelvo loca intentando comprender cómo es posible que algo sea triste y alegre a la vez, he aprendido que estamos hechos así, de contrastes imposibles, negativo y positivo, sí y no, amor y odio... Y simplemente disfruto las sensaciones.


miércoles, 4 de julio de 2007

Gris


Hay días en que la comida no tiene apenas sabor, los colores se distinguen a duras penas y tanto las buenas como las malas noticias tienen todas la misma importancia: ninguna.

Normalmente hay algún desencadenante de esa forma de sentir, pero no siempre. Hay veces que, simplemente, amaneces así. Y te vistes como siempre, pero sin ganas, y te maquillas pero no lo parece, y todo el mundo te pregunta qué te pasa, pese a que crees estar poniendo cara de “no me pasa nada”.

Los días así son como las visitas pesadas, sabes que se terminará marchando, pero no sabes cuándo ni cómo echarla educadamente. Son un rollo porque no hay nada más triste que hacer cualquier cosa sin ganas, y esos días lo haces todo así, porque sí. La gente que te quiere se deja la piel intentando animarte, y no sirve de nada explicarles que no se puede más que esperar a que pase, porque ellos siguen esforzándose y tú sufriendo. Al final no te queda otra que fingir que lo han conseguido para poder estar con tu pena gris hasta que ella quiera irse.

Hay días sin pasión, sin alegrías ni disgustos. Son días perdidos.

lunes, 6 de febrero de 2006

Más montaña rusa


Qué época más rara que estoy viviendo, tengo ratos de angustia extrema mezclados con momentos de alegría y carcajadas hasta las lágrimas y el dolor de estómago.

Ya había trabajado en empresas dirigidas por locos, pero los de aquí se llevan la palma, jamás había llegado a sentirme perseguida como aquí. Y encima tampoco es así de claro porque ves que no es sólo contigo, sino con cada bicho viviente que hay en la oficina, hay para todos. ¿Y por qué no he pegado un portazo ni he salido corriendo? Porque me lo paso con mis compañeras como nunca. Tenemos una unión y una complicidad únicas, por eso nos machacan tanto los jefes, tienen una envidia que no pueden aguantar. Lástima que parezca que una cosa va unida a la otra. Cuando me vaya, lo voy a pasar mal sin Mercedes ni Marta, las voy a echar mucho de menos.

También he vuelto a viajar en Metro, es más pesado pero tiene sus ventajas: puedo leer o dormir por el camino, puedo ir despreocupada porque ya no conduzco, y lo mejor de todo, veo unos amaceres realmente increibles.

Sé que esta situación me está desequilibrando mucho, sólo espero que dure poco, porque me he dado cuenta de que soy realmente débil de mente, aguanto la presión de pena y enseguida me angustio. Sólo últimamente estoy siendo capaz de ponerme una pequeña coraza y me libero antes de la angustia. Eso es lo que me ha hecho poder disfrutar este fin de semana en Sevilla, no he pensado en lo que me esperaba el lunes, ni en si alguien me iba a abroncar por algo que no ha ocurrido... lo cotidiano. Me ha gustado ser inteligente este fin de semana.

De todas maneras, y aunque sea capaz de desarrollar algún tipo de defensa, sigue siendo un ambiente muy poco saludable. Si estás todo el día entre enfermos mentales, algo se te pega sin más remedio. Espero que me quede poco por estos barrios.

martes, 24 de mayo de 2005

Río Sil, 26 - 28935 Móstoles

Cuando ayer eché la llave a la puerta del chalet, sentí como una losa que me apretaba el corazón, no me dejaba respirar. El olor de la madreselva era más intenso que nunca, el pino, con los extremos de las ramas en verde brillante, se balanceaba con el aire, había un pájaro precioso sobre el ciruelo, era verde y cantaba. Me despedí de la casa como cuando se abandona a alguien y tú tienes la culpa, con ese silencio que te aprieta la garganta. Luna maullaba de miedo, todo tan vacío, sin muebles, sin recuerdos, porque cuando te vas te lo llevas todo. Me llevo las noches en la buhardilla jugando al ordenador, las partidas de mus con Lola en la cocina, las cenas de Nochevieja en el comedor, tan bonito que lo poníamos, las duchas de Mora en el jardín, y las carreras que se pegaba cuando estaba toda empapada, la enredadera que siempre florecía para el cumpleaños de mamá, las peleas de papá para que los pájaros le dejaran alguna uva en la parra. Ha sido una casa buena, he pasado momentos buenísimos.

Sé que hemos hecho lo mejor, que vamos a ganar en tranquilidad y descanso, pero el precio ha sido alto hasta ahora, quizá dentro de un tiempo me dé cuenta de las ventajas. Hoy es pronto, todavía recuerdo el sonido de la puerta cerrándose y se me pone un nudo en la garganta. Mañana dolerá menos, y pasado menos, y menos aún al otro.

En el piso nuevo no tengo rincones donde recordar a Mora.

jueves, 3 de febrero de 2005

Mi niña


Hoy he soñado con mi niña por segunda vez, era todo muy angustioso. Ella estaba medio abandonada en una finca y a mí me costaba mucho llevarla comida, tenía un golpe con el coche, me perdía. Creo que sigo sin aceptar que se ha ido. Estoy empezando a pensar que, en realidad, las pérdidas nunca se superan, simplemente terminas resignandote. Quizá la culpa es mía, me agarro a su recuerdo por miedo a olvidar, me aterroriza olvidar, es tan fácil. Y aunque digan que no, sí que se olvida al que se marcha, yo ya no recuerdo el olor de Linda, no recuerdo bien dónde tenía Sultán las manchas claras, ni cuál era el juguete favorito de Neska.

A veces creo oirla en el jardín. Quiero oirla en el jardín.

viernes, 14 de enero de 2005

Crónica de una muerte anunciada

Anunciada el pasado mes de abril, concertada el pasado domingo, temida desde julio de 1992, cuando nos conocimos. Porque estas cosas las sabes desde el principio, pero como parece tan lejano, bah... eso les pasa a los demás. Y te das sin control, y vives momentos mágicos, divertidísimos, tiernos. La factura viene siempre, es lo que tiene querer sin pensar, y te das cuenta de que esa factura es gordísima, no tienes tanto saldo y no hay quien te preste. Y encima no tienes un "Dios mío" al que acudir, porque también lo decidiste hace tanto tiempo que ya no puedes volverte atrás ¡Cachis! Empiezas a plantearte si realmente es tan bueno y envidiable el ser una persona apasionada, porque sí que amas intensamente, te diviertes intensamente, pero ¿y cuando sufres? Cuando sufres es un infierno, tambien muy intenso, lo más curioso es que no sólo es anímico, qué va, el sufrimiento es capaz de volverse dolor físico. Yo lo tengo en la mitad del pecho. Y aunque ahora no lo vea, sé que se pasará, ya ha ocurido, parece que sea cierto que el tiempo cura estas heridas.

Esperaré a poder volver a pensar en ella sin llorar, a contarle a mis amigos las cosas graciosas que se la ocurren, que es valiente con los truenos y cobardona con casi todo lo demás, que la gusta la leche como si fuera un gato, que se enfada si la llamas fea, que te pellizca si no la haces caso, y todas esas cosas que hacen sonreir sólo a aquellos que alguna vez han compartido su vida con alguien como ella.

Hasta siempre niña.